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jueves, mayo 21, 2026

La soledad LGTBI en la vejez: volver al armario para sobrevivir

📝 Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de quien lo firma y no reflejan necesariamente la postura de Revista Rainbow. Asimismo, Revista Rainbow no se hace responsable del contenido de las imágenes o materiales gráficos aportados por les autores, colaboradores o colaboradoras.

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Durante años, gran parte de la lucha del colectivo LGTBI estuvo enfocada en conquistar el derecho a existir. A amar sin miedo. A caminar por la calle sin escondernos. A nombrarnos. A sobrevivir. Y aunque muchas de esas conquistas llegaron —al menos en términos legales y simbólicos— existe una pregunta incómoda que todavía permanece en los márgenes de nuestras conversaciones: ¿qué ocurre cuando envejecemos?

La generación LGTBI que hoy comienza a entrar en la vejez es la primera que lo hace habiendo conquistado derechos que parecían imposibles hace apenas unas décadas. Matrimonio igualitario, leyes de identidad de género, reconocimiento social, representación cultural. Pero también es una generación marcada por un enorme vacío: no hemos construido todavía una cultura del cuidado para nuestras vejeces.

Y esa ausencia empieza a hacerse visible de forma dolorosa.

Porque muchas personas LGTBI llegan a mayores profundamente solas. Con vínculos debilitados por años de exclusión, con familias rotas por el rechazo, sin descendencia o con redes afectivas que el tiempo y la precariedad han ido erosionando. Mientras tanto, el sistema sigue organizado alrededor de una idea profundamente heteronormativa de la vida: se da por hecho que alguien te cuidará porque tuviste hijos, porque mantuviste una estructura familiar tradicional o porque existe una familia biológica disponible para sostenerte.

Pero ¿qué ocurre con quienes fueron expulsados precisamente de esos modelos familiares?

La respuesta es brutal: demasiadas veces, ocurre el abandono.

Existe una violencia silenciosa de la que se habla muy poco y que, sin embargo, atraviesa la experiencia de muchas personas mayores LGTBI: la vuelta al armario para poder ser cuidadas. Personas que dedicaron su vida a luchar por vivir con autenticidad vuelven a esconder quiénes son al ingresar en residencias o depender de cuidados institucionales.

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No sucede porque desaparezca el orgullo. Sucede porque aparece el miedo.

Miedo a la discriminación del personal sanitario.

Miedo a las burlas de otros residentes.

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Miedo a perder dignidad.

Miedo a ser maltratados.

Hay parejas que dejan de mostrarse afecto en público. Personas trans que vuelven a escuchar nombres que ya no les pertenecen. Hombres y mujeres que esconden fotografías, recuerdos y parte de sus historias para evitar preguntas incómodas o humillaciones cotidianas.

Resulta estremecedor pensar que, después de décadas de lucha, todavía haya quienes necesiten invisibilizarse para garantizar algo tan básico como recibir cuidados.

Y el problema no es únicamente institucional. También es cultural. Incluso dentro del propio colectivo existe una enorme dificultad para mirar la vejez.

Vivimos atravesados por una lógica donde la juventud parece ser el único territorio posible del deseo, de la belleza y de la pertenencia. El edadismo opera con fuerza en toda la sociedad, pero en muchos espacios LGTBI adquiere una crudeza particular. Envejecer parece equivaler a desaparecer.

Las personas mayores quedan fuera de las narrativas, de los espacios de socialización, de las representaciones culturales y, muchas veces, incluso de la conversación política dentro del colectivo. Hablamos constantemente de diversidad, pero rara vez hablamos de quienes envejecieron sosteniendo esa lucha antes que nosotros.

¿Dónde están los espacios para las personas mayores LGTBI?

¿Dónde hablamos del amor después de los 70?

¿Dónde pensamos el deseo, la intimidad y el afecto en la vejez?

¿Dónde se construyen vínculos comunitarios que no estén atravesados por la lógica del consumo rápido o la hiperindividualización contemporánea?

Porque esa es otra de las grandes heridas de nuestra época: el individualismo extremo.

Nos enseñaron a sobrevivir solos, a resolver solos, a protegernos solos. Y aunque la autonomía puede ser una conquista, también puede convertirse en una condena cuando el cuerpo envejece, cuando aparece la enfermedad o cuando la vida necesita necesariamente de otros.

Muchas vejeces LGTBI son además precarias y empobrecidas. Personas expulsadas del mercado laboral durante años por discriminación. Personas trans condenadas históricamente a la exclusión estructural. Hombres y mujeres que no pudieron construir estabilidad económica porque vivir ya implicaba demasiado esfuerzo. La soledad, en estos casos, no es solamente emocional: es también material.

Y quizás ahí aparezca una de las preguntas políticas más urgentes de nuestro tiempo: ¿qué modelo de vejez queremos construir?

Porque no alcanza con conquistar derechos si llegamos al final de la vida completamente solos. No alcanza con leyes progresistas si no existen redes reales de cuidado. No alcanza con representación si no hay espacios seguros donde envejecer con dignidad.

Necesitamos imaginar otras formas de comunidad.

Necesitamos residencias verdaderamente inclusivas, formación obligatoria en diversidad sexual y de género para profesionales de cuidados, políticas públicas específicas y espacios intergeneracionales donde las personas mayores LGTBI no sean invisibles sino centrales.

Pero, sobre todo, necesitamos recuperar algo que históricamente sostuvo al colectivo en sus momentos más difíciles: las redes afectivas elegidas.

Durante décadas, muchas personas LGTBI sobrevivieron gracias a familias construidas fuera de la sangre. Amistades que fueron refugio. Comunidades que ocuparon el lugar que las instituciones negaban. Tal vez ahí siga estando la respuesta.

Porque si algo deja claro esta realidad es que las estructuras heteronormativas no van a pensar nuestras vejeces por nosotros. Y si no empezamos ahora a construir redes de apoyo, espacios de cuidado y formas colectivas de acompañarnos, corremos el riesgo de convertir nuestras conquistas en una libertad profundamente solitaria.

La pregunta no es solamente cómo queremos envejecer.

La verdadera pregunta es si seremos capaces de construir una comunidad donde nadie tenga que volver al armario para recibir amor, cuidados o dignidad al final de su vida.

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Damian Lopez
Damian Lopez
Activista LGTBI. Secretario de políticas LGTBI del PSPV-PSOE València. Director por España de IAGLMA. Portavoz de la Federación de Taekwondo de la Comunitat Valenciana y responsable del área de inclusión y diversidad

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