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miércoles, mayo 13, 2026

La fragilidad de los vínculos en las personas LGTBI

📝 Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de quien lo firma y no reflejan necesariamente la postura de Revista Rainbow. Asimismo, Revista Rainbow no se hace responsable del contenido de las imágenes o materiales gráficos aportados por les autores, colaboradores o colaboradoras.

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Hay una herida silenciosa que atraviesa a muchas personas LGTBI y que rara vez aparece en las conversaciones sobre diversidad, derechos o representación. Una herida antigua, difícil de nombrar, que no siempre deja cicatrices visibles, pero que condiciona profundamente nuestra forma de amar, de vincularnos y hasta de existir frente a otros. La herida de haber tenido una infancia clandestina.

Porque mientras otros aprendían el amor desde la naturalidad, muchos de nosotros aprendimos primero el miedo. Miedo a ser descubiertos. Miedo a decepcionar. Miedo a perder el cariño de quienes amábamos. Miedo a ser expulsados del grupo. Antes incluso de saber quiénes éramos, ya intuíamos que había algo en nosotros que debía esconderse.

Y crecer escondiéndose deja marcas.

Las personas LGTBI no solo atravesamos una construcción identitaria compleja; muchas veces atravesamos una construcción identitaria traumática. La personalidad se forma en diálogo con el entorno, y cuando el entorno te devuelve rechazo, burla, silencio o amenaza, uno aprende a sobrevivir antes que a desarrollarse emocionalmente. Aprendemos a leer el peligro en los gestos ajenos. A anticipar el abandono. A exagerar la autosuficiencia o a mendigar validación. Aprendemos a adaptarnos tanto al deseo de los demás que terminamos perdiendo contacto con el nuestro.

Y luego llegamos a la adultez con una enorme hambre de pertenencia.

Quizás por eso nuestros vínculos suelen estar cargados de una intensidad difícil de explicar. Porque no buscamos solamente amor: buscamos reparación. Buscamos que alguien nos diga, por fin, que no había nada malo en nosotros. Que éramos dignos de ser elegidos incluso cuando nos enseñaron lo contrario. Pero ningún vínculo puede sostener el peso de sanar una vida entera de vergüenza y ocultamiento.

Entonces aparecen las fracturas.

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La fragilidad de muchos vínculos LGTBI no nace de una incapacidad para amar, sino de haber aprendido el amor bajo amenaza. ¿Cómo construir confianza si crecimos sintiendo que ser nosotros mismos podía costarnos el rechazo? ¿Cómo entregarnos emocionalmente si durante años tuvimos que vigilarnos para sobrevivir? ¿Cómo sostener intimidad genuina cuando gran parte de nuestra adolescencia estuvo dedicada a actuar un personaje?

Hay generaciones enteras de personas queer que no tuvieron educación afectivo-sexual. No porque no existiera información biológica, sino porque jamás se nos enseñó a habitar nuestros afectos con dignidad. Nadie nos explicó cómo amar sin culpa. Cómo desear sin escondernos. Cómo poner límites. Cómo identificar violencias. Cómo construir comunidad. Mientras otros tenían referentes románticos, familiares y sociales donde mirarse, nosotros crecimos consumiendo silencios.

Y el silencio también educa.

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Educa en la idea de que nuestros vínculos son menos estables, menos importantes o menos legítimos. Educa en la sensación de provisionalidad. En la creencia inconsciente de que el amor puede desaparecer en cualquier momento. Por eso muchas veces habitamos relaciones atravesadas por el miedo al abandono, por la hipervigilancia emocional o por una necesidad desesperada de validación externa.

El bullying tampoco termina cuando termina la escuela. El bullying se internaliza. Se convierte en una voz permanente que cuestiona nuestro valor. Que nos compara. Que nos hace sentir “demasiado” o “insuficientes” al mismo tiempo. Y de esa violencia sostenida nace también el síndrome del impostor que tantas personas LGTBI cargan incluso después de haber alcanzado reconocimiento, éxito o aceptación social.

Porque una parte de nosotros sigue esperando que alguien descubra el secreto: que en realidad no merecemos ocupar espacio, amar libremente o ser felices. Nos cuesta creer en el amor porque primero nos costó creer en nuestra propia legitimidad.

Y mientras tanto, el capitalismo hace su trabajo con precisión brutal: convertir nuestra vulnerabilidad en consumo y nuestra identidad en mercado. Nos promete pertenencia a través de cuerpos perfectos, estilos de vida aspiracionales y una idea de libertad profundamente individualista. Nos convence de que la realización personal depende de ser deseables, exitosos, productivos y emocionalmente autosuficientes. Nos desconecta de la memoria colectiva de nuestras luchas y transforma derechos conquistados con dolor en supuestos privilegios de consumo.

Olvidamos entonces que nuestros derechos no nacieron de la tolerancia espontánea del mundo, sino de cuerpos expulsados, golpeados, patologizados y asesinados. Olvidamos que hubo generaciones enteras que no pudieron amar en público, formar familias, envejecer juntas o siquiera sobrevivir. Y cuando perdemos esa memoria, también perdemos comunidad.

Quizás esa sea una de las tragedias más profundas de nuestro tiempo: la individualización extrema de las personas LGTBI. La ilusión de que ya no necesitamos a otros porque ahora “podemos ser quienes somos”. Pero nadie construye identidad en soledad. Nadie sana solo. Nadie sobrevive indefinidamente sin pertenecer.

La necesidad de pertenencia sigue ahí, intacta, debajo de todas nuestras máscaras de independencia. Y cuando no encontramos espacios seguros donde existir sin performance, terminamos buscando desesperadamente validación en vínculos frágiles, acelerados y muchas veces incapaces de sostener tanta necesidad emocional acumulada.

Tal vez por eso duele tanto cuando un vínculo se rompe. Porque no se rompe solo una relación: se reactiva el eco de todas las veces que nos hicieron sentir expulsables.

Sin embargo, reconocer estas heridas no implica condenarnos a ellas. Hay algo profundamente político y sanador en construir vínculos conscientes. Vínculos donde podamos dejar de actuar. Donde el amor no sea evaluación constante ni supervivencia emocional. Donde podamos hablar de nuestros miedos sin vergüenza. Donde entendamos que muchas de nuestras reacciones no nacen de toxicidad individual, sino de historias colectivas de exclusión.

Necesitamos recuperar la ternura como forma de resistencia.

Necesitamos dejar de romantizar la frialdad emocional como mecanismo de protección. Necesitamos volver a construir comunidad, memoria y cuidado mutuo. Porque una sociedad que obligó a millones de personas a esconderse durante su desarrollo afectivo no puede sorprenderse luego de que existan dificultades para vincularse de manera segura.

Los vínculos LGTBI son frágiles muchas veces porque nosotros también fuimos fragilizados.

Y quizá el verdadero acto revolucionario no sea solamente poder amar a quien queramos, sino aprender —después de tantos años robados— que merecemos ser amados sin miedo.

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Damian Lopez
Damian Lopez
Activista LGTBI. Secretario de políticas LGTBI del PSPV-PSOE València. Director por España de IAGLMA. Portavoz de la Federación de Taekwondo de la Comunitat Valenciana y responsable del área de inclusión y diversidad

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