El odio nunca fue libertad de expresión

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Federico Jiménez Losantos ha vuelto a hacerlo. Bajo el amparo de un gran periódico como El Mundo, ha publicado un artículo cuyo propio título, «Orgullo pedófilo, comunista y putañero socialista», constituye un ejercicio de estigmatización y desprecio hacia millones de personas. No es una crítica política. No es una discrepancia ideológica. Es la utilización deliberada del odio como herramienta de comunicación.

Y lo verdaderamente preocupante no es solo que alguien escriba algo así. En una democracia cualquiera puede expresar opiniones, incluso profundamente equivocadas. Lo grave es que un medio de comunicación con la influencia de El Mundo considere aceptable convertir a toda una comunidad históricamente perseguida en el blanco de una campaña de descrédito.

Porque el movimiento LGTBI nunca ha luchado por privilegios. Ha luchado por sobrevivir.

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Ha luchado para dejar de ser encarcelado.

Ha luchado para dejar de ser considerado una enfermedad.

Ha luchado para dejar de ser despedido por amar.

Ha luchado para dejar de ser golpeado.

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Ha luchado para poder existir.

Quienes hoy hablan del Orgullo como si fuera una amenaza olvidan —o fingen olvidar— que hace apenas unas décadas muchas personas tenían que esconder quiénes eran para conservar un trabajo, evitar una paliza o no ser expulsadas de sus propias familias.

El Orgullo no nació como una fiesta.

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Nació como una respuesta a la violencia.

¿Por qué siempre nos convierten en el enemigo?

Existe un patrón que se repite una y otra vez en numerosos países. Cuando los movimientos conservadores y, especialmente, la extrema derecha necesitan construir un enemigo cultural, los derechos LGTBI aparecen entre sus principales objetivos.

No ocurre porque seamos especialmente poderosos.

Ocurre porque representamos exactamente aquello que cuestiona una determinada visión del mundo.

Durante siglos se construyó un modelo social basado en jerarquías muy claras: el hombre sobre la mujer; la heterosexualidad sobre cualquier otra orientación; el género entendido como un destino biológico inamovible; la familia concebida como una única posibilidad legítima.

El movimiento LGTBI desafía precisamente esas estructuras.

No pretende imponer una forma de vivir.

Pretende demostrar que existen muchas formas igualmente válidas.

Y eso incomoda a quienes necesitan que el orden tradicional permanezca intacto.

Cuando una sociedad acepta que una mujer puede amar a otra mujer, que un hombre puede cuidar en lugar de dominar, que una persona trans merece exactamente la misma dignidad que cualquier otra o que alguien puede vivir fuera de los estereotipos de género, se debilitan los privilegios construidos sobre la desigualdad.

Por eso resulta más sencillo fabricar miedo que debatir sobre igualdad.

También existe un problema dentro de nuestra propia comunidad

Pero sería un error pensar que el único problema viene desde fuera.

Existe también un profundo desconocimiento dentro del propio colectivo sobre nuestra historia.

Y un pueblo que desconoce su historia siempre será más vulnerable frente a quien pretende reescribirla.

Durante décadas fuimos definidos desde la medicina y la psiquiatría. La palabra «homosexual» estuvo asociada durante mucho tiempo a una clasificación clínica que nos convertía en personas enfermas o desviadas. Aunque el término describe una orientación sexual y hoy no implica por sí mismo una patologización, durante gran parte del siglo XX estuvo profundamente ligado a ese imaginario médico.

Frente a ello, el movimiento de liberación adoptó con fuerza la palabra «gay», un término nacido desde la propia comunidad, que permitía construir una identidad política y cultural lejos del diagnóstico y del estigma.

Más adelante comprendimos algo esencial.

La discriminación que sufrían los hombres homosexuales no podía separarse de la que sufrían las mujeres lesbianas, las personas bisexuales o las personas trans.

La crisis del VIH/SIDA reforzó esa conciencia colectiva. Mientras miles de personas morían en medio de la indiferencia institucional, el movimiento entendió que solo la solidaridad podía responder al abandono. Las siglas comenzaron a reflejar esa construcción política común, incorporando de manera cada vez más visible a lesbianas, bisexuales, personas trans e, posteriormente, a las personas intersex.

No fueron simples letras.

Cada letra representa una lucha que durante mucho tiempo había permanecido invisible.

¿Y qué significa realmente «queer»?

Para algunos se ha convertido en una especie de amenaza ideológica.

Nada más lejos de la realidad.

Originalmente, queer era un insulto que significaba «raro» o «extraño». Como tantas otras comunidades perseguidas han hecho a lo largo de la historia, muchas personas decidieron reapropiarse de ese insulto y convertirlo en un símbolo de orgullo y resistencia.

Hoy el término tiene distintos significados.

Para muchas personas es una identidad abierta que evita reducir a alguien únicamente a su orientación sexual o a su identidad de género.

También puede describir a quienes viven al margen de las normas tradicionales sobre cómo debe comportarse un hombre o una mujer.

Una persona heterosexual puede sentirse identificada con esa forma de romper estereotipos sin dejar de ser heterosexual.

Y esa es precisamente una de las mayores riquezas del concepto.

Hablar de lo queer no consiste en hablar de genitales.

Consiste en dejar de convertir los genitales en el centro de la identidad.

Durante demasiado tiempo la sociedad redujo a las personas LGTBI a una pregunta implícita: «¿qué hacen en la cama?».

Como si nuestra existencia pudiera resumirse en nuestras prácticas sexuales.

Nadie define a una persona heterosexual por las relaciones sexuales que mantiene.

¿Por qué habría que hacerlo con nosotros?

Ser gay, lesbiana, bisexual, trans o queer habla de identidades, de afectos, de experiencias vitales y de derechos. No de prácticas sexuales.

Reducirnos únicamente al sexo ha sido una de las formas más persistentes de deshumanización.

La ignorancia siempre precede al odio

Por eso artículos como el de Jiménez Losantos no son simples columnas de opinión.

Son posibles porque existe un enorme desconocimiento sobre quiénes somos realmente.

Cuando alguien desconoce una historia resulta mucho más fácil creer cualquier caricatura.

Resulta mucho más sencillo aceptar que el Orgullo es una extravagancia antes que entender que nació como una protesta contra la violencia.

Resulta mucho más sencillo asociar las siglas LGTBI a una ideología que comprender que detrás de cada letra hay décadas de discriminación, activismo y conquistas democráticas.

La ignorancia nunca ha sido inocente.

Siempre ha sido el mejor combustible del prejuicio.

Defender nuestros derechos es defender la democracia

La historia demuestra que cuando un gobierno o un movimiento político empieza señalando a una minoría, nunca termina ahí.

Hoy pueden ser las personas LGTBI.

Ayer fueron las mujeres.

Antes fueron las personas migrantes.

Mañana será cualquier colectivo cuya existencia resulte útil para distraer de los problemas reales.

Por eso defender los derechos LGTBI no consiste únicamente en proteger a una minoría.

Consiste en proteger el principio democrático según el cual nadie debe perder derechos por ser quien es.

El Orgullo no representa odio.

Representa memoria.

Representa resistencia.

Representa dignidad.

Representa la certeza de que ninguna sociedad puede llamarse libre mientras existan personas obligadas a justificar su propia existencia.

Y por eso precisamente seguimos saliendo a la calle.

No porque queramos ser diferentes.

Sino porque algún día aspiramos a que ser diferentes deje de importar.

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Damian Lopez
Damian Lopez
Activista LGTBI. Secretario de políticas LGTBI del PSPV-PSOE València. Director por España de IAGLMA. Portavoz de la Federación de Taekwondo de la Comunitat Valenciana y responsable del área de inclusión y diversidad

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