Septiembre tiene algo de comienzo.
Vuelven las clases, los horarios, las actividades extraescolares, los encuentros con compañeros y compañeras, las familias que retoman sus rutinas y también las conversaciones que durante el verano quedaron pendientes.
Es, quizás, uno de los mejores momentos del año para hablar de convivencia.
Y también para hablar de diversidad.
Porque mientras España acaba de situarse como el país europeo con mayor protección legal de los derechos LGTBI, la violencia contra el colectivo no ha desaparecido. Al contrario: diferentes estudios recientes muestran un incremento de las agresiones, el acoso y los discursos de odio.
La contradicción merece una reflexión.
España lidera Europa en derechos LGTBI. Pero eso no significa que todas las personas LGTBI puedan vivir esos derechos con la misma tranquilidad en la calle, en el colegio, en el trabajo o en internet.
El país que lidera los derechos, pero no ha acabado con el odio. El dato es importante.
El Rainbow Map 2026, elaborado por ILGA-Europe, coloca por primera vez a España en el primer puesto de su clasificación de 49 países europeos. El país obtiene un 89% en su índice de protección legal y política de los derechos de las personas LGTBI, once puntos más que el año anterior.
España supera así a Malta, que había ocupado durante una década la primera posición.
El reconocimiento internacional refleja avances importantes: protección frente a la discriminación, derechos de las personas trans, políticas públicas LGTBI, reconocimiento de las familias y medidas relacionadas con los delitos de odio, entre otros ámbitos.
Pero el propio ILGA-Europe introduce una advertencia fundamental: el Rainbow Map mide leyes y políticas, no la experiencia cotidiana de las personas LGTBI. Y ahí aparece la otra cara de la realidad.
Más derechos, pero también más violencia
El informe Estado del Odio 2026, elaborado por la Federación Estatal LGTBI+ con la colaboración de investigadores del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC, muestra un escenario preocupante.
Entre 2024 y 2026, la prevalencia del acoso entre las personas LGTBI+ encuestadas pasó del 20% al 36%.
La discriminación aumentó del 23% al 29%.
Y las agresiones pasaron del 7% al 22%.
Es decir: en apenas dos años, la proporción de personas que declara haber sufrido agresiones se multiplicó por tres. El dato adquiere todavía más dimensión cuando se observa el conjunto de las experiencias de violencia: según el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, a partir del mismo informe, el 54% de las personas LGTBIQ+ ha sufrido violencia o acoso y más del 40% ha vivido episodios de odio en redes sociales.
No hablamos solamente de grandes titulares.
Hablamos de insultos.
De amenazas.
De perfiles falsos.
De fotografías difundidas sin consentimiento.
De outing.
De chantajes.
De acoso en redes.
De mensajes privados que se convierten en amenazas.
De alguien que deja de publicar una fotografía con su pareja.
De una persona que modifica sus recorridos.
De un adolescente que borra un comentario porque teme que sus compañeros descubran quién es.
El odio también puede esconderse detrás de una pantalla.
La violencia digital también ocurre en casa
Por eso septiembre puede ser un buen momento para incorporar una conversación más a la vida familiar.
No hace falta esperar a que ocurra un problema.
No hace falta que un hijo o una hija llegue a casa después de una agresión.
No hace falta descubrir un mensaje amenazante en el teléfono.
La prevención empieza mucho antes.
Preguntar qué ocurre en los grupos de WhatsApp.
Hablar sobre los comentarios que aparecen en TikTok, Instagram, YouTube o cualquier otra plataforma.
Explicar que compartir una fotografía íntima sin permiso no es una broma.
Hablar de consentimiento también en internet.
Explicar qué significa hacer outing.
Aprender a reconocer un perfil que intenta obtener información personal.
Y, sobre todo, transmitir algo fundamental: si ocurre algo, hay que pedir ayuda.
La violencia digital tiene una característica especialmente peligrosa: puede acompañar a una persona las 24 horas.
Una agresión en la calle puede terminar cuando la víctima consigue alejarse.
Una pantalla puede seguir encendida.
Un mensaje puede repetirse.
Una imagen puede compartirse cientos de veces.
Un contenido puede permanecer circulando mucho después de que la persona que lo publicó haya intentado eliminarlo.
Internet no es un mundo aparte
Durante mucho tiempo se habló de internet como si fuera un espacio separado de la vida real. Ya no es posible hacerlo.
Para millones de personas, las redes sociales son parte de su vida afectiva, educativa, profesional y social.
Y para muchas personas LGTBIQ+, también son un espacio fundamental para encontrar comunidad, información, referentes y apoyo.
Por eso la respuesta tampoco puede consistir en decir simplemente: “deja las redes”.
La solución no es abandonar el espacio digital.
Es conseguir que también sea un espacio seguro.
Ahí aparece una realidad que todavía necesita mucha más atención: la violencia digital LGTBIfóbica.
Rainbow E-Safe: defender los derechos también en internet
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En este contexto nació Rainbow E-Safe, la primera asociación en España especializada en violencia digital LGTBIfóbica.
Su planteamiento parte de una idea sencilla: los derechos LGTBIQ+ también tienen que estar protegidos en el entorno digital.
La asociación trabaja en tres grandes áreas: acompañamiento a víctimas, formación especializada e incidencia e investigación. También desarrolla acciones de sensibilización y herramientas de prevención y autodefensa digital.
Su objetivo es responder a una realidad que durante demasiado tiempo quedó en un segundo plano.
Porque cuando alguien recibe amenazas en Instagram, es víctima de suplantación de identidad, sufre outing, es acosado en una aplicación de citas o encuentra fotografías personales circulando sin consentimiento, no estamos ante un problema “de internet”.
Estamos ante una vulneración de derechos.
Y necesita respuestas profesionales.
Rainbow E-Safe también ha puesto en marcha en 2026 el Barómetro Rainbow Digital, un estudio periódico destinado a generar datos propios sobre la percepción y experiencia de la violencia digital LGTBIQ+ en España. La iniciativa busca cubrir un vacío: hasta ahora no existía un instrumento periódico específico para medir esta realidad.
Septiembre ofrece, por tanto, una oportunidad sencilla: hablar antes de que suceda. En las familias, en los centros educativos y entre amigos podemos preguntarnos si sabemos reconocer una situación de violencia digital, qué hacer ante una amenaza, cómo guardar pruebas, dónde denunciar o cómo acompañar a una persona LGTBIQ+ que está siendo acosada. Pero también debemos preguntarnos qué discursos reciben nuestros hijos e hijas cuando consumen contenido en redes, qué mensajes sobre las personas LGTBI aparecen en sus pantallas y cómo reaccionamos cuando escuchamos un comentario homófobo o tránsfobo. La prevención del odio también empieza ahí.
España ha demostrado que es posible avanzar en derechos. El primer puesto del Rainbow Map 2026 es una buena noticia y merece ser celebrado. Pero también debería servir para plantearnos una pregunta: ¿de qué sirve tener algunos de los derechos LGTBI más avanzados de Europa si todavía hay personas que tienen miedo de ejercerlos?
La respuesta no puede ser retroceder. Tiene que ser avanzar también en educación, prevención, protección y respuesta frente a la violencia. Y eso incluye el mundo digital.
Septiembre vuelve a llenar las aulas, las agendas y las pantallas. Quizás sea un buen momento para algo tan sencillo como conversar: hablar en familia, preguntar, escuchar, enseñar y acompañar. Y recordar que detrás de cada pantalla hay una persona. Una persona que tiene derecho a ser quien es.
También en internet.





