- Una conversación entre la librera Leticia Cienfuegos-Jovellanos y el booktuber Juan Naranjo reabre el debate.
- La discusión contrapone el riesgo de encasillar las obras con la necesidad de hacer visibles historias antes ocultas.
- Los títulos LGTBI registrados por Berkana entre 2016 y 2024 no alcanzan el 1% de la producción editorial española.
La literatura LGTBI vuelve al centro del debate cultural español este 3 de septiembre. Una conversación pública entre la librera Leticia Cienfuegos-Jovellanos y el booktuber Juan Naranjo enfrenta dos necesidades legítimas: evitar categorías reductoras y facilitar que lectores queer encuentren historias que durante décadas permanecieron invisibles.
Una polémica respetuosa y útil
El punto de partida fue un vídeo de Leticia Cienfuegos-Jovellanos, librera y creadora de contenido, que promocionó tres obras queer mientras cuestionaba por qué la literatura LGTBI aparece separada de la que suele presentarse como literatura general. Su intervención reunió decenas de miles de visualizaciones y alrededor de quinientos comentarios, según el artículo publicado por El País.
Parte de la conversación respaldó la idea de que una etiqueta puede reducir una obra a la identidad o alejar a lectores heterosexuales. Otra parte defendió que esa clasificación permite localizar historias que hasta hace muy poco ocupaban un espacio mínimo o inexistente en las mesas de novedades y en las recomendaciones generalistas.
La respuesta del booktuber Juan Naranjo puso el foco en la experiencia lectora. Explicó que, durante su adolescencia, apenas encontraba historias semejantes a la suya y que ahora valora que esas narraciones sean visibles. El intercambio no resuelve el debate, pero deja clara su dimensión práctica: cómo llega un libro a quien lo necesita.
Espejo, ventana y punto de encuentro
Los libros cumplen al menos dos funciones que aquí se cruzan. Pueden ser un espejo, porque permiten reconocerse en personajes y deseos; y una ventana, porque acercan experiencias distintas. Para una parte del público queer, la etiqueta facilita el espejo. Para otros lectores, puede convertirse en una invitación a mirar por la ventana.
La objeción de la librera señala un problema real de recepción: hay personas que interpretan la categoría LGTBI como un territorio destinado solo al colectivo. Sin embargo, las categorías de género —novela histórica, negra o romántica— se usan habitualmente para orientar y no para limitar quién puede leerlas.
La diferencia está en que la heterosexualidad ha funcionado durante mucho tiempo como norma no etiquetada. Aventuras, fantasía, espionaje o comedia romántica podían contener relaciones heterosexuales sin recibir una marca identitaria. Cuando el amor o el deseo se apartaban de ese patrón, su presencia era secundaria, codificada o directamente borrada.
Los datos explican por qué importa la visibilidad
El dato más concreto del debate procede del ensayo reciente de Ramón Martínez, que recorre la presencia queer en la literatura española. En su epílogo compara los títulos dados de alta por la librería madrileña Berkana entre 2016 y 2024 con el conjunto de libros publicados en España durante ese periodo.
El resultado, recogido por El País, es que esas obras no llegan al 1% del total. En paralelo, más del 10% de la población española declara pertenecer al colectivo LGTBIQ+. No son magnitudes directamente equivalentes —una mide títulos y otra identidad poblacional—, pero juntas muestran que la desaparición de las etiquetas no llega en un escenario de saturación representativa.
Martínez vincula esa necesidad de rastreo con una tradición larga, desde las jarchas del siglo XI hasta la actualidad. El problema no es solo cuántas obras nuevas se publican, sino cómo se recuperan y hacen accesibles voces, deseos y lecturas que la historia literaria dejó en los márgenes.
Etiquetar sin encerrar
La salida no tiene por qué ser binaria. Una librería puede identificar temas LGTBI sin convertirlos en el único rasgo de una obra. Un mismo título puede ocupar la mesa de novela histórica, aparecer en recomendaciones generales y, al mismo tiempo, formar parte de una selección queer. La clasificación puede ser una puerta adicional, no una frontera.
También importa el lenguaje. Presentar una sección LGTBI como contrapuesta a la literatura “normal” reproduce involuntariamente la idea de que las demás historias son la medida universal. Hablar de literatura general, narrativa contemporánea o géneros concretos permite ordenar sin establecer una jerarquía entre vidas normales y vidas marcadas.
El debate español llega así a una conclusión abierta pero productiva: la etiqueta puede incomodar cuando simplifica, y puede ser decisiva cuando orienta. Mientras la representación siga por debajo del espacio social del colectivo, la visibilidad seguirá siendo una herramienta, siempre que se combine con circulación transversal y criterio literario.






