Hay una verdad incómoda que el colectivo LGB debe asumir con honestidad: muchos de los derechos que hoy disfrutamos fueron conquistados gracias a personas trans que pusieron el cuerpo cuando nadie más quería hacerlo. Personas expulsadas de sus casas, golpeadas por el estado, condenadas a la marginalidad y al trabajo sumergido, señaladas incluso dentro de nuestros propios espacios. Y, aun así, fueron ellas quienes encabezaron la lucha.
La historia del movimiento LGTBI+ no puede contarse sin nombrar a Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera. Dos mujeres trans racializadas, pobres, supervivientes de la violencia y de la calle, que entendieron antes que nadie que la libertad no podía construirse dejando atrás a quienes más sufrían. Ambas estuvieron en la primera línea de los disturbios de Stonewall en 1969 y posteriormente fundaron STAR, una organización destinada a dar techo, comida y protección a jóvenes trans expulsados de sus hogares.
Mientras parte del movimiento buscaba aceptación social respetable, ellas cuidaban a quienes dormían en la calle. Mientras muchos gays podían esconderse para sobrevivir, las mujeres trans visibles no tenían esa posibilidad. Eran el objetivo más fácil para la violencia. Y por eso fueron también las más valientes.
Existe una deuda histórica con las personas trans porque durante décadas el propio colectivo LGB las utilizó como escudo en las protestas y luego las apartó cuando llegó el momento de ocupar espacios institucionales. La historia se llenó de hombres blancos homosexuales exitosos mientras las mujeres trans seguían muriendo jóvenes, empobrecidas y olvidadas.
La exclusión comienza muchas veces en el lugar que debería ser más seguro: la familia. Pocas violencias son tan devastadoras como sentir que quienes te dieron la vida dejan de reconocerte. Muchas personas trans no solo pierden su hogar; pierden el abrazo, la mirada, el apellido y la pertenencia. Aprenden demasiado pronto que para gran parte de la sociedad su identidad es discutible, negociable o motivo de vergüenza.
Y cuando una persona es expulsada de su familia, el resto de las exclusiones llegan en cadena: abandono escolar, imposibilidad de acceder al empleo, discriminación sanitaria, violencia callejera y, en demasiados casos, la prostitución como única vía de supervivencia. Hablar de trabajo sexual en la población trans sin hablar antes de exclusión estructural es profundamente hipócrita.
Durante la pandemia del VIH/SIDA, cuando el miedo convertía a los enfermos en parias, fueron muchas mujeres trans quienes sostuvieron emocionalmente a la comunidad. Entraban en hospitales cuando incluso las familias abandonaban a sus hijos. Daban comida, acompañaban la muerte y ofrecían humanidad en medio del horror. La historia oficial todavía no ha agradecido lo suficiente ese acto inmenso de amor colectivo.
Por eso resulta tan doloroso observar cómo hoy vuelve a cuestionarse la dignidad de las personas trans desde discursos políticos, mediáticos y sociales que las convierten otra vez en objetivo. Se debate su existencia como si fuera una teoría. Se discuten sus derechos como si fueran privilegios. Y mientras tanto, continúan siendo uno de los colectivos con mayores índices de desempleo, suicidio, pobreza y violencia.
La sociedad debería hacerse una pregunta sencilla pero incómoda: ¿qué haríamos nosotros si tuviéramos que vivir cada día justificando quiénes somos?
El deporte tampoco ha sido un espacio fácil. Durante demasiado tiempo ha reproducido modelos rígidos de masculinidad y feminidad que expulsaban cualquier diferencia. Por eso mi trabajo resulta especialmente importante. Desde el taekwondo y el activismo, he impulsado espacios inclusivos para las personas LGTBI+, defendiendo especialmente la dignidad y la participación de las personas trans dentro del ámbito deportivo.
Mi trabajo no nace desde la teoría, sino desde la empatía. Desde entender que el deporte puede salvar vidas cuando deja de ser un lugar de humillación y se convierte en refugio. Que una persona trans pueda entrar a un tatami sin miedo, competir sin ser cuestionada y sentirse parte de un equipo no es un gesto simbólico: es una forma de reparación.
Porque las personas trans no necesitan compasión. Necesitan protección, oportunidades y respeto. Necesitan que dejemos de hablar sobre ellas y empecemos a hablar con ellas. Necesitan políticas públicas, empleo digno, acceso sanitario real y entornos seguros. Pero también necesitan algo mucho más básico: que la sociedad entienda que sus vidas tienen el mismo valor que cualquier otra.
Quizá la verdadera evolución de una sociedad no se mida por cómo trata a quienes encajan, sino por cómo protege a quienes históricamente ha condenado a los márgenes.
Y si hoy podemos amar con más libertad, caminar con menos miedo y vivir con más derechos, es porque hubo personas trans que resistieron cuando hacerlo significaba jugarse la vida.
No les debemos un homenaje anual.
Les debemos memoria, dignidad y justicia.






