Hay momentos en que una sociedad cambia porque ciertas palabras dejan de decirse en secreto. El feminismo hizo exactamente eso: tomó experiencias históricamente relegadas al secreto o el susurro —el deseo, el placer, la violencia, la autonomía sobre el propio cuerpo— y las llevó al centro de la conversación pública. El aborto todavía habita esa frontera entre lo que se tolera en privado y lo que incomoda cuando se nombra en voz alta, pese a ser un derecho reconocido por ley en muchos países incluido España o Argentina.
En la presentación del libro Pro vida. Un manifiesto a favor del aborto, de Ana Requena Aguilar, periodista española, lo más potente además de las ideas del libro, fue la escena construida alrededor de una palabra históricamente expulsada de la conversación pública. Hablar del aborto sigue siendo, incluso hoy, una forma de desobediencia cultural.
El libro presentado en la redacción del Diario.Es, se publica en un tiempo donde las nuevas derechas intentan reinstalar la vergüenza como forma de control social. También estaba Luciana Peker, autora de Odiocracia, uno de los libros más lúcidos para entender cómo los discursos reaccionarios construyen enemigos alrededor de los feminismos, las disidencias y la libertad sexual. En ese contexto, hablar del derecho a decidir deja de ser únicamente una discusión sobre mujeres: se convierte en una conversación sobre democracia.
Porque el aborto nunca fue solamente una discusión sanitaria o jurídica. Siempre fue también una disputa narrativa. Quién puede hablar. Desde dónde. Con qué legitimidad. Durante demasiado tiempo, el relato dominante obligó a las mujeres a justificarse, a explicar su dolor, a demostrar trauma. Como si la única experiencia válida del aborto fuera aquella atravesada inevitablemente por la culpa.
Una de las ideas más potentes de la charla fue justamente desmontar esa construcción cultural. No negar que pueda existir dolor o contradicción, sino cuestionar la imposición de que toda mujer debe salir rota de esa experiencia para ser considerada moralmente aceptable. Como si el mandato conservador necesitara mujeres arrepentidas y no mujeres libres que deciden libremente sobre su cuerpo.
Ahí aparecieron también referencias concretas que bajaron el debate al terreno de las experiencias reales. Desde Belén, la película argentina inspirada en el caso de una joven criminalizada tras una emergencia obstétrica, hasta ejemplos recientes en España vinculados a la violencia ginecológica y los debates sobre anestesia en intervenciones médicas en Murcia. También se habló del llamado “síndrome post aborto”, una categoría desacreditada científicamente pero todavía utilizada por sectores conservadores para imponer miedo y culpa alrededor del derecho a decidir.
Porque cada avance en derechos sexuales y reproductivos amplía el perímetro democrático. Y cada retroceso revela algo más profundo que una discusión moral: el deseo de controlar cuerpos para disciplinar libertades.
Tal vez por eso la presentación tuvo algo de acto colectivo de reparación. No una celebración triunfalista, sino la constatación de que todavía hace falta hablar. Que incluso donde el aborto es legal, muchas veces continúa socialmente condenado.
Nombrar el aborto es sacarlo del clóset. Y sacar algo del clóset nunca consiste únicamente en visibilizarlo: implica también disputar quién tiene derecho a vivir sin vergüenza.




