Cada mes de junio las calles se llenan de color, reivindicación y memoria. El Orgullo LGTBI no nació como una celebración festiva, sino como una respuesta valiente frente a la discriminación, la violencia y la persecución que durante décadas sufrieron millones de personas por amar o ser diferentes. Su origen se encuentra en la revuelta de Stonewall, en Nueva York, en junio de 1969, cuando un grupo de personas LGTBI decidió plantar cara a la injusticia. Desde entonces, el Orgullo se convirtió en un movimiento global por la igualdad, la dignidad y los derechos humanos.
Este año, además, el calendario nos invita a detenernos en una fecha especialmente significativa. El 9 de junio se cumplieron once años de la muerte de Pedro Zerolo, una de las figuras más importantes de la historia reciente de España en la defensa de los derechos civiles y de la igualdad.
Hablar de Pedro Zerolo es hablar de una generación de activistas que entendió que las conquistas sociales no llegan solas. Que detrás de cada derecho hay años de movilización, de pedagogía, de valentía y de compromiso político. Como él mismo demostró, la política sirve para transformar el dolor en derechos y para convertir las reivindicaciones sociales en avances reales para millones de personas.
Pedro Zerolo fue mucho más que un activista LGTBI. Fue un servidor público, un socialista comprometido, un defensor de la diversidad y un firme convencido de que la igualdad debía construirse desde las instituciones sin abandonar jamás la calle. Su papel fue decisivo para que España se convirtiera en 2005 en uno de los primeros países del mundo en aprobar el matrimonio igualitario, una conquista histórica que cambió la vida de miles de familias y situó a nuestro país a la vanguardia de los derechos civiles.
Aquella victoria no fue un regalo. Fue el resultado del trabajo colectivo de activistas, asociaciones, movimientos sociales y responsables políticos que supieron comprender que la igualdad no admite apellidos ni excepciones. Como recordaba el propio José Luis Rodríguez Zapatero, Pedro Zerolo fue una de las personas que más influyó para que aquella ley histórica viera la luz.
Once años después de su fallecimiento, su legado continúa plenamente vivo. No solo en las leyes que ayudó a impulsar, sino también en una forma de entender el activismo basada en la empatía, el diálogo, la firmeza democrática y la construcción de alianzas. Una manera de hacer política que sigue siendo profundamente necesaria.
Y si hoy ese legado permanece fuerte es gracias también a quienes han asumido la responsabilidad de custodiarlo y proyectarlo hacia el futuro. Desde la Fundación Pedro Zerolo, personas como Toni Poveda, Miquel Fernández y Carla Antonelli han mantenido viva la memoria de Pedro, impulsando iniciativas, promoviendo la educación en valores democráticos y recordándonos que los derechos conquistados nunca son irreversibles. Año tras año, su presencia en los homenajes y actos conmemorativos demuestra que la mejor forma de recordar a Pedro es continuar su trabajo.
Porque la realidad actual nos obliga a estar alerta. Vivimos un tiempo en el que vuelven a aparecer discursos que cuestionan derechos que parecían consolidados. El aumento de los mensajes de odio, la normalización de determinados ataques contra las personas LGTBI y el avance de corrientes reaccionarias en distintos países nos recuerdan que ningún progreso está garantizado para siempre.
Por eso el Orgullo sigue siendo necesario.
Es necesario para celebrar lo conseguido, pero también para reivindicar lo que aún queda por alcanzar. Es necesario para recordar a quienes lucharon antes que nosotros. Es necesario para que las nuevas generaciones comprendan que los derechos de los que hoy disfrutan fueron conquistados gracias al esfuerzo y al sacrificio de muchas personas.
Disfrutar del Orgullo y vivirlo plenamente es también una forma de resistencia. Pero el Orgullo no puede quedarse únicamente en la celebración. Debe seguir siendo activismo, compromiso y participación. Debe seguir siendo una herramienta para combatir la discriminación, para defender la diversidad y para ampliar espacios de libertad.
Pedro Zerolo entendió mejor que nadie que la igualdad no era un destino final, sino un camino permanente. Nos enseñó que los avances sociales solo perduran cuando existe una ciudadanía comprometida dispuesta a defenderlos. Nos enseñó que la esperanza es siempre más poderosa que el miedo y que la dignidad acaba derrotando a la intolerancia.
Once años después de su partida, su ejemplo sigue iluminando el camino. Frente a quienes quieren sembrar división, levantemos convivencia. Frente a quienes promueven el odio, respondamos con derechos. Frente a quienes pretenden retroceder, avancemos.
Que el mejor homenaje a Pedro Zerolo sea seguir construyendo una sociedad más libre, más igualitaria y más decente.
Y que, ante el crecimiento de los discursos de odio, seamos un auténtico muro de contención democrático. Porque la igualdad nunca se hereda definitivamente: se conquista, se protege y se ejerce cada día.
Ese fue el legado de Pedro Zerolo. Y también nuestra responsabilidad.






