Como hombre trans, a veces siento que invado espacios feministas al querer opinar, y también me resulta difícil trasladar ese discurso a mi propia situación. Identificarme con ello me produce cierta disforia, pero ignorar que existen puntos en común sería necios.
Tras años de encuentros con hombres gais que celebraban mi “vagina” como un trofeo exótico o un experimento, me asaltó una pregunta que aún me quema: ¿Puede un hombre trans sufrir violencia machista en el momento exacto en que se quita la ropa?
Empecé a usar aplicaciones de citas como Grindr cuando tenía unos 20 años, después de llevar ya un tiempo en tratamiento hormonal. En principio, buscaba encontrar gente del colectivo: vivía en un pequeño pueblo donde apenas había comunidad LGTB y quería crear vínculos, amistades. Pero la realidad de estas aplicaciones suele inclinarse rápidamente hacia lo sexual.
Al principio pensaba que, si era valorado sexualmente por hombres homosexuales, significaba que había “triunfado” como hombre trans; si se excitaban conmigo, era porque me veían como uno de ellos. Pero esa idea se rompía una y otra vez después de cada encuentro, cuando escuchaba frases como: «Tenía tantas ganas de probar el sexo con alguien con vagina», «Eres el primer chico “así” con el que me acuesto» o «Siempre que veo a un chico trans en Grindr le escribo, me dais muchísimo morbo». La aprobación siempre pasaba por mis genitales antes que por mi persona.
Al terminar, volvía otra duda: si me tratan por mis genitales, categorizados socialmente como femeninos, ¿hasta qué punto estoy siendo leído como ‘una mujer’?”
Otra convicción que me llevó a cometer errores fue creer que, con 19 o 20 años, atraía a hombres maduros porque era “más culto e interesante que la media”. La realidad es que nunca he aparentado mi edad ,me han pedido el DNI hasta los 25; con 19, parecía extremadamente joven, y a eso había que añadirle la cuestión genital. ¿Era un regalo para esos hombres en busca de su propia “Lolita” o “Lolito” particular?
En aplicaciones de sexo exprés donde se esperan cuerpos masculinos, encontrarse con unos genitales leídos como femeninos genera dinámicas muy concretas. Un miedo que siempre he tenido es que en la cabeza de esos hombres apareciera este pensamiento: «Joder, perfecto: un coño joven y fácil que poder follarme». Es una proyección, sí, pero una que me ha hecho daño y que me he repetido muchas veces.
Con esa edad no estás para teorizar sobre nada de esto; bastante tienes con sostener tu propia transición. Al socializar como mujer durante la primera mitad de tu vida, te queda una idea clara: «ser promiscua es de putas». Luego, al socializar como hombre gay, aparece otro cliché: «los maricones son unos viciosos». Yo me convertí en “un vicioso”, pero ¿se convirtió mi vagina en una “puta”?
En aquel momento defendía la revolución sexual. Llegué incluso a aceptar el fetiche vinculado a mi condición y a aprovecharme de él. Te sientes poderoso, casi colocado, cuando tu perfil genera deseo. Empiezas a tratarte a ti mismo como “el chico TRANS”: algo que antes te molestaba, ahora te da igual porque es lo que atrae, lo que te hace “especial”. No te das cuenta de cómo cambia tu autopercepción cuando te expones constantemente en relaciones que duran lo mismo que la comida rápida.
He escuchado testimonios de chicos transexuales que, si fueran contados por mujeres, habrían activado todas mis alarmas: habría pensado en denuncias o en la policía. Pero aquí se cruzan demasiadas cosas. La violencia sexual en encuentros surgidos de aplicaciones parece estar asumida e invisibilizada. Puede ser por miedo a la respuesta institucional, porque se percibe como un riesgo inherente a quedar con desconocidos o porque, por su frecuencia, deja de nombrarse como violencia. También pesa la masculinidad hegemónica: la idea de que un hombre no puede sufrir abusos o que, si los cuenta, solo recibirá burlas. A veces ni nosotros mismos reconocemos lo que hemos vivido. Si juntas el factor gay y el factor trans, el resultado es una experiencia muy difícil de explicarte a ti mismo y de contar a los demás.
Hubo un encuentro que, con el tiempo, no he dejado de revisar:
Después de acostarme con un chaval que conocí a través de Grindr, prácticamente sin conocernos, empezó a decirme que yo era el hombre que siempre había estado buscando. Me explicó que su familia le había rechazado por ser gay, en parte porque eso implicaba no tener descendencia. Y, de pronto, encontró en mí una “solución”. Un hombre con vagina.
Alguien con quien, según él, todo podía encajar: su deseo y su papel como “hombre”.
Aquella misma noche empezó a hablar de tener un hijo juntos. No como una idea lejana, sino como un plan inmediato. En los días siguientes, la insistencia continuó: mensajes sobre pareja, sobre futuro, sobre embarazo.
Más allá de lo desconcertante, lo que me quedó fue otra cosa: la sensación de que mi cuerpo estaba siendo leído como una función. Como una herramienta capaz de resolver un conflicto ajeno.
Un momento en el que entiendes algo incómodo: que si para el mercado eres un fetiche, para el patriarcado sigues siendo, ante todo, un útero disponible.
Ha tenido que pasar tiempo y salir de ese circuito para poder mirar todo esto con cierta claridad.
No sé cómo habría sido mi transición sin esas experiencias, ni si habría construido una relación distinta con mi cuerpo. Lo que sí sé es que durante mucho tiempo confundí validación con deseo y exposición con libertad. Y que, en ese proceso, aprendí a habitar un lugar incómodo: el de ser leído y exponerme como alguien con una condición antes que solamente una persona.
Vuelvo entonces a la pregunta que me atravesaba desde el principio: ¿puede un hombre trans sufrir violencia machista en el momento en que se quita la ropa?
Quizá la respuesta no sea tan limpia. Quizá no estemos ante categorías cerradas. Porque lo que aparece en muchos de estos encuentros es una mezcla difícil de separar: hay transfobia cuando tu cuerpo es tratado como una excepción o un experimento; hay lógica machista cuando ese mismo cuerpo es reducido a su función reproductiva o a su disponibilidad; y hay algo más difuso cuando todo eso se produce dentro de un marco que tú mismo has aprendido a desear.
Las aplicaciones no inventan estas dinámicas, pero sí las intensifican y las ordenan. No crean el deseo, pero lo encauzan hacia formas rápidas, funcionales, intercambiables. Y en ese sistema, algunos cuerpos quedan más expuestos a ser consumidos de maneras muy concretas.
Nombrar esto no es negar la libertad sexual. Es, precisamente, tomársela en serio.
Porque no todo lo que se vive como elección está libre de condicionantes. Y porque a veces la violencia no aparece como algo externo que se impone, sino como algo que se filtra en la forma en la que aprendemos a vincularnos, a desear y a ofrecernos.
Ahora, desde fuera, intentó reconstruir otra forma de ser: más lenta, menos orientada al consumo, menos atravesada por la necesidad de validación inmediata y con la necesidad de visibilizar y de ponerle voz a algo que en el pasado no pude encontrar o hacer. No siempre es fácil. Pero hay algo que ya no quiero volver a negociar.
Esa sensación de que mi cuerpo y lo que hacía con él no eran del todo mías.






