Elis Lundholm ya forma parte de la historia olímpica. El esquiador sueco de 23 años se convirtió esta semana en el primer deportista abiertamente trans en competir en unos Juegos Olímpicos de Invierno, durante la cita de Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026.
Lundholm, que se identifica como hombre, participa en la categoría femenina de esquí libre, concretamente en la modalidad de baches. Un detalle que, como es previsible, ha generado debate dentro y fuera del entorno deportivo. Pero antes del ruido, hay un hecho objetivo: ha competido. Y eso, por sí solo, ya marca un antes y un después.
Una clasificación complicada en baches
La prueba de baches —una de las más técnicas y exigentes del esquí acrobático— combina velocidad, control, saltos y precisión. Un error se paga caro. Y eso fue lo que ocurrió.
En la ronda clasificatoria disputada el 10 de febrero, Lundholm terminó en última posición tras cometer un fallo en el recorrido. El resultado le obliga a disputar una segunda ronda para intentar acceder a la final. Solo las diez mejores clasificadas obtienen el pase directo a la lucha por las medallas.
El deporte de élite es así: milésimas, nervios y margen de error mínimo. ¿Desmerece eso el valor simbólico de su presencia? En absoluto.
Más allá del marcador: representación y debate
La participación de Elis Lundholm abre, inevitablemente, una conversación que lleva años sobre la mesa: la presencia de personas trans en el deporte de alta competición y los criterios de elegibilidad en categorías femeninas.
El Comité Olímpico Internacional ha ido actualizando sus directrices en los últimos años, dejando mayor margen a las federaciones para establecer normas específicas. El debate es complejo y atraviesa cuestiones científicas, jurídicas y sociales. Pero también tiene una dimensión humana que no conviene olvidar.
Para la comunidad LGTBIQ+, cada presencia visible en un espacio históricamente normativo supone un avance. No porque se gane una medalla, sino porque se rompe una barrera.
Ahora bien, también cabe preguntarse:
- ¿Está el deporte preparado para gestionar estas realidades con serenidad y rigor?
- ¿Se está informando con responsabilidad o se está alimentando la polarización?
- ¿Cómo se equilibra la inclusión con la percepción de equidad competitiva?
Son preguntas legítimas. Y necesitan respuestas que no se basen en titulares incendiarios, sino en datos y en diálogo.
El peso de hacer historia
Ser “el primero” nunca es sencillo. Implica exposición mediática, presión añadida y un escrutinio constante. Lundholm no solo compite contra cronómetros y jueces; compite también contra el foco público.
Su resultado deportivo puede cambiar en la segunda ronda. Su impacto, no. Independientemente de cómo termine su participación en Milán-Cortina, su nombre ya está inscrito en la historia olímpica.
Y quizá esa sea la verdadera noticia.
Porque los Juegos no solo celebran récords. También reflejan los cambios sociales de su tiempo. Y el deporte, nos guste o no, es un espejo de la sociedad.
¿Qué viene ahora?
Lundholm tendrá una nueva oportunidad en la siguiente ronda clasificatoria. El pase a la final aún está en juego.
Mientras tanto, el debate continuará. Y tal vez esa conversación, si se aborda con responsabilidad, sirva para construir un modelo deportivo más inclusivo y más justo a la vez.
El deporte evoluciona. La sociedad también. La pregunta es: ¿sabremos hacerlo sin dejar a nadie atrás?





