La batalla que viene también es tuya: Clase, identidad y derechos LGTBI

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Estamos entrando en un nuevo escenario político y electoral en el que ya no solo se discuten programas, gobiernos o modelos económicos. Se está poniendo en cuestión algo mucho más profundo: qué tipo de sociedad queremos construir y qué lugar ocuparán en ella quienes históricamente hemos tenido que luchar para ser reconocidos. Y aquí el colectivo LGTBI tiene mucho que perder.

No estamos ante una discusión abstracta. Los derechos que hoy consideramos conquistados pueden dejar de darse por sentados cuando las fuerzas políticas que cuestionan las políticas de igualdad consiguen transformar nuestras identidades en un campo permanente de batalla cultural.

Los datos deberían obligarnos a prestar atención. En 2026, España ha alcanzado por primera vez el primer puesto del Rainbow Map de ILGA-Europe, que compara las leyes y políticas LGTBI de 49 países europeos. Pero la propia organización advierte de que ese avance legislativo convive con una realidad mucho más compleja y con una creciente utilización política de las personas LGTBI como instrumento de confrontación.

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La pregunta, por tanto, no debería ser únicamente qué derechos hemos conquistado. La pregunta es: ¿qué sociedad está intentando construirse alrededor de nosotros?

La disforia de clase

Hay una contradicción que cada vez me preocupa más: personas trabajadoras defendiendo modelos económicos, políticos y culturales que pueden terminar perjudicando sus propias condiciones de vida.

Es lo que podríamos llamar una forma de disforia de clase: personas que viven objetivamente dentro de una determinada realidad socioeconómica, pero que han interiorizado la identidad, los valores y las aspiraciones de quienes están muy lejos de compartir sus condiciones materiales. El capitalismo ha demostrado una enorme capacidad para convertir la aspiración individual en identidad. Ya no necesitas pertenecer a una élite para imaginarte como parte de ella.

Basta con consumir sus símbolos, seguir a sus referentes, reproducir sus discursos y creer que, algún día, tú también formarás parte de ese mundo.

Las redes sociales han acelerado este fenómeno. El algoritmo no necesariamente te conecta con quienes comparten tus condiciones de vida; muchas veces te conecta con aquello que aspiras a ser.

Y ahí aparece uno de los grandes problemas políticos de nuestro tiempo: la sustitución de la conciencia colectiva por una identidad individual construida a partir del consumo, la apariencia y la aspiración.

Es más cómodo sentirse excepcional que reconocerse como parte de una mayoría que comparte problemas.

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Es más cómodo pensar que uno está destinado a ascender que preguntarse por qué tanta gente está siendo expulsada de la vivienda, precarizada laboralmente o privada de oportunidades. Y, sobre todo, es más cómodo pertenecer que cuestionar.

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Cuando la identidad se separa de las condiciones materiales

Aquí llegamos a una cuestión especialmente importante para las personas LGTBI. Durante décadas hemos aprendido que nuestra identidad era el centro de nuestra lucha. Y lo es. Pero nuestra identidad no existe en el vacío.

No es lo mismo ser gay teniendo una vivienda en propiedad que vivir de alquiler con un salario precario. No es lo mismo ser una persona trans con estabilidad económica que enfrentarse a la precariedad laboral. No es lo mismo envejecer siendo LGTBI acompañado por una red familiar y social que hacerlo en soledad. No es lo mismo ser migrante LGTBI que tener ciudadanía, recursos y una red de apoyo.

La orientación sexual, la identidad de género y las condiciones materiales se cruzan constantemente. Por eso quizá necesitamos recuperar una idea que nunca debimos abandonar: la lucha por la igualdad también es una lucha de clase.

No para sustituir la identidad por la clase. Sino para entender que ambas están conectadas.

Porque nunca fuimos completamente incluidos

Las personas LGTBI conocemos perfectamente lo que significa estar fuera de los espacios de poder. Durante décadas hemos sido tolerados antes que aceptados, utilizados antes que escuchados e incorporados a determinados espacios cuando resultábamos útiles. Nuestra historia demuestra que la inclusión nunca fue automática.

El sistema heteropatriarcal determinó durante mucho tiempo qué podíamos ser, dónde podíamos estar, cómo debíamos comportarnos y hasta qué punto nuestra existencia podía hacerse visible. Por eso resulta especialmente peligroso que ahora algunas personas LGTBI confundan libertad con la simple posibilidad individual de consumir, ascender o pertenecer.

La libertad no puede consistir únicamente en poder elegir qué camiseta comprar, qué restaurante frecuentar o qué influencer seguir. La libertad también consiste en poder vivir sin miedo, tener una vivienda, acceder a un trabajo digno, envejecer acompañado, formar una familia, recibir atención sanitaria, practicar deporte sin discriminación y participar plenamente en la sociedad.

La propia Ley 4/2023 reconoce esta dimensión amplia de los derechos LGTBI y establece medidas en ámbitos como el empleo, la vivienda, la educación, la salud, el deporte, la cultura, la familia y la protección frente a la discriminación. Por eso reducir nuestra lucha exclusivamente a determinadas batallas culturales sería un error.

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La ultraderecha ha entendido algo que nosotros a veces olvidamos

Las fuerzas políticas de extrema derecha han comprendido que las identidades pueden convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz de movilización.

La persona trans. La persona migrante. La feminista. La persona LGTBI. El extranjero. El diferente. El «otro».

La estrategia consiste en convertir a determinados colectivos en símbolos de problemas mucho más amplios y utilizarlos como explicación sencilla de una realidad compleja.

ILGA-Europe lleva varios años documentando precisamente esta tendencia: la instrumentalización de las personas LGTBI, la desinformación, el discurso de odio y los ataques contra organizaciones de derechos humanos aparecen cada vez más conectados con procesos de deterioro democrático. Y aquí debemos ser especialmente inteligentes.

Porque cuando conseguimos que una persona trabajadora crea que su principal problema es otra persona trabajadora que es trans, migrante o gay, hemos conseguido exactamente lo que cualquier estructura de poder necesita: que quienes comparten problemas materiales dejen de reconocerse como aliados. Que los de abajo se enfrenten entre ellos.

La batalla también será cultural, pero no solamente cultural

Por eso creo que necesitamos cambiar la forma de plantear esta batalla. No podemos abandonar nuestras identidades. No podemos renunciar a nuestras reivindicaciones. No podemos aceptar ni un retroceso en nuestros derechos.

Pero tampoco podemos permitir que nuestra identidad sea utilizada para encerrarnos en una burbuja política, social o económica. Necesitamos hablar de derechos LGTBI y vivienda. De derechos LGTBI y trabajo. De derechos LGTBI y pobreza. De derechos LGTBI y educación. De derechos LGTBI y salud mental. De derechos LGTBI y deporte. De derechos LGTBI y migración. De derechos LGTBI y vejez.

Porque una persona LGTBI no deja de ser trabajadora, precaria, estudiante, pensionista, migrante, vecina o vecina de un barrio. Somos todas esas cosas al mismo tiempo. Y ahí está precisamente nuestra fuerza.

El 29 de noviembre no debería ser solamente una fecha electoral

Por eso las próximas elecciones deben ser también una oportunidad para preguntarnos qué sociedad queremos construir. No solamente quién gobierna. No solamente quién gana o quién pierde. Sino qué derechos estamos dispuestos a defender, qué modelo social queremos preservar y qué papel queremos que ocupen las personas LGTBI dentro de esa sociedad.

Porque los derechos conquistados no son eternos por el simple hecho de estar escritos en una ley. Necesitan instituciones que los protejan. Organizaciones que los defiendan. Ciudadanía que los conozca.

Y personas dispuestas a no dar un paso atrás cuando vuelvan a convertirse en objeto de disputa política. Pero también necesitamos algo más difícil: capacidad para cuestionarnos a nosotros mismos. Cuestionar nuestro individualismo. Cuestionar nuestro aspiracionismo. Cuestionar la desinformación. Cuestionar los discursos que nos enfrentan entre nosotros.

Y cuestionar incluso a quienes, compartiendo nuestra identidad, terminan defendiendo modelos que pueden perjudicar las condiciones materiales de quienes forman parte de nuestra propia comunidad.

Porque pertenecer a una comunidad no debería significar dejar de pensar. Al contrario.

Debería significar conocer nuestra historia, reconocer nuestras contradicciones y entender que nadie se libera completamente mientras otros siguen quedándose atrás.

La batalla que viene no será únicamente por la identidad. Será por el modelo de sociedad. Y las personas LGTBI estaremos dentro de esa batalla, queramos o no. La cuestión es si seremos capaces de entender que nuestra libertad individual necesita una sociedad que garantice la libertad colectiva.

Ese, quizá, sea el verdadero desafío del 29 de noviembre.

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Damian Lopez
Damian Lopez
Activista LGTBI. Secretario de políticas LGTBI del PSPV-PSOE València. Director por España de IAGLMA. Portavoz de la Federación de Taekwondo de la Comunitat Valenciana y responsable del área de inclusión y diversidad

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