Grooming y menores LGTBIQ+: el punto ciego de la prevención

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Advierto antes de empezar: este es un tema delicado, y lo trato desde la prevención, no desde el morbo ni el pánico. No voy a describir métodos ni a dar detalles que puedan servir para hacer daño. Voy a hablar de por qué la prevención del grooming, tal como está diseñada hoy, tiene un punto ciego respecto a los menores LGTBIQ+, y por qué eso me preocupa desde mi trabajo en violencia digital.

Lo que ya sabemos sobre el grooming en España

El grooming, cuando una persona adulta usa internet para ganarse la confianza de un menor con fines de abuso sexual, según lo define UNICEF, no es un fenómeno marginal. Un estudio con más de 1.500 menores de distintas comunidades autónomas, elaborado por Fundación SOL en colaboración con la Guardia Civil, encontró que uno de cada cinco estudiantes de Primaria busca activamente amigos nuevos en internet y añade a desconocidos, y que esa cifra sube a más del 30% en Secundaria, donde casi la mitad admite añadir a gente que no conoce en persona. Un análisis de sentencias judiciales españolas entre 2017 y 2020, publicado en el Anuario de Psicología Jurídica, encontró que en el 90% de los casos el agresor terminaba proponiendo un encuentro presencial, y que la mayoría de las víctimas nunca lo contaron a sus padres mientras ocurría, según el estudio de Riberas-Gutiérrez y colaboradoras.

Ese último dato, el silencio, es la clave de todo lo que viene después.

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Por qué el silencio pesa más en un menor LGTBIQ+

Aquí está el punto que las campañas generales de prevención no suelen tocar. Un menor LGTBIQ+ tiene, de partida, más motivos estructurales para no contarle a su familia lo que le está pasando en internet. Los datos sobre su entorno offline lo explican, y además van a peor: el 66% de las personas LGTBIQ+ en España afirma haber sufrido acoso, humillaciones o amenazas durante su etapa escolar por su orientación sexual o identidad de género, frente al 49% que lo declaraba en 2019, un aumento notable en solo cuatro años, y el 56% ocultaba activamente su identidad en el colegio, según la Encuesta LGBTIQ de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), publicada en 2024. En España, además, un 25% de las personas LGTBI+ de la Generación Z (18-24 años) ha sufrido acoso escolar motivado por odio, y en el 64% de esos casos el centro educativo no hizo nada al respecto, según el informe «Estado de la Educación LGTBI+ 2024» de la Federación Estatal LGTBI+, que además cifra el ciberacoso específico en un 7,25% de los actos de odio registrados.

Si el hogar y el instituto son, para ese menor, los lugares donde más riesgo percibe de ser rechazado o señalado y donde, según estos mismos datos, la institución rara vez interviene cuando algo ocurre, es lógico, no imprudente, que busque en internet lo que no encuentra fuera: espacios donde hablar de su identidad sin miedo, comunidad, validación. Ese mismo impulso, sano en sí mismo, es exactamente lo que un agresor experto en grooming sabe identificar y explotar: cuanto más aislado y necesitado de conexión está un menor, y cuanto menos probable es que se lo cuente a un adulto de confianza si algo sale mal, más tiempo tiene el agresor para actuar sin ser descubierto.

El punto ciego de la prevención genérica

La mayoría de campañas de prevención de grooming, incluidas las que valoro y apoyo, como las de la Guardia Civil o Fundación SOL, hablan en términos generales: no compartas fotos con desconocidos, cuéntaselo a un adulto, desconfía de quien te pide secretismo. Son mensajes correctos, pero asumen un menor que tiene, en principio, un adulto de confianza al que acudir sin miedo a que la reacción sea peor que el propio problema. Para un menor que aún no ha hablado de su orientación sexual o identidad de género en casa, ese supuesto no siempre se cumple, y ninguna campaña que yo conozca lo dice explícitamente.

El contraargumento que hay que reconocer

Soy muy consciente del riesgo de decir esto mal. Si el mensaje que queda es «los espacios online donde los menores LGTBIQ+ buscan comunidad son peligrosos», estaríamos estigmatizando algo que, para muchos de ellos, es un salvavidas real y necesario, encontrar a otras personas que se sienten como ellos puede ser, literalmente, lo que los sostiene. No es esa mi intención, y quiero ser explícito al respecto: el problema no es que un menor LGTBIQ+ busque comunidad online, el problema es que la prevención no distingue entre ese espacio de apoyo legítimo y el riesgo específico de aislamiento que un agresor puede aprovechar dentro de él. Cerrar esos espacios no protege a nadie; dejar a esos menores sin herramientas específicas, tampoco.

Lo que de verdad haría falta

Ya hablamos de esta ausencia de educación digital específica al analizar por qué nadie te enseña a protegerte en Tinder o Grindr: la prevención genérica no basta cuando el punto de partida no es el mismo para todo el mundo. Necesitamos que la formación en prevención de grooming, dirigida a familias, docentes y profesionales sanitarios,  incorpore explícitamente esta realidad: que un menor LGTBIQ+ puede tener razones de peso, y comprensibles, para no contar lo que le pasa en casa, y que eso exige canales de confianza alternativos, no solo «habla con tus padres». Asociaciones LGTBIQ+, servicios de orientación escolar y líneas de ayuda especializadas deberían ser una vía tan visible como la familia en cualquier material de prevención dirigido a estos menores. Desde Rainbow eSafe creemos que proteger a esta infancia y adolescencia no es elegir entre comunidad y seguridad: es construir la seguridad sin quitarles la comunidad que, muchas veces, es lo único que tienen.

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Pablo Campos
Pablo Campos
Director de Marketing Revista Rainbow. Especialista en Estrategias de Marketing Digital y Técnicas de Inbound Marketing. Vicepresidente de Stop Violencia Digital. Perito Informático por ANTPJI.

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