Damián López, secretario LGTBI del Partido Socialista del País Valenciano, no es de los que se callan por compromiso. Taekwondista de alto nivel y una de las voces más firmes del PSPV-PSOE en Valencia, ha aprendido a base de golpes —dentro y fuera del deporte— que la libertad no se mendiga, se ejerce. En esta charla con Revista Rainbow, Damián nos cuenta cómo la disciplina del deporte le ha dado las tablas necesarias para no arrugarse ante los discursos de odio y para entender que, en la política como en la vida, nadie gana solo: o nos salvamos en comunidad o no hay partido que valga.
Hablamos sin filtros sobre la polémica de los Gay Games 2026 y ese «pinkwashing» que tanto escuece en el tejido asociativo valenciano. Damián tiene claro que no ha venido a las instituciones para ser un «activista de solapa» ni un adorno fotogénico; lo suyo es una rebeldía con causa que busca sacudir el tablero y recuperar en 2027 un Gobierno que no compare la diversidad con enfermedades. Una entrevista necesaria para entender por qué, a veces, la mayor victoria no es colgarse una medalla, sino saber cuándo plantar cara.
Rainbow: Como taekwondista de alto nivel, la disciplina es tu base diaria. ¿De qué manera influye esa mentalidad de «combate» y estrategia en tu forma de entender el activismo político?
Creo que, para empezar, es fundamental reconocer que las personas somos seres políticos por naturaleza. Habitamos: convivimos, tomamos decisiones, sostenemos valores y construimos comunidad. En ese sentido, el deporte también es político. No porque responda necesariamente a partidos o ideologías, sino porque transmite valores, organiza vínculos, establece reglas de juego y define qué conductas promovemos y cuáles rechazamos. Los valores son política en acción.
Para mí, el deporte es una escuela ética. En cada entrenamiento se ponen en juego la disciplina, el respeto, el trabajo en equipo, la resiliencia y la capacidad de reconocer límites propios y ajenos. Todo eso contrasta profundamente con la violencia que hoy vemos instalada en ciertos discursos públicos, especialmente en los sectores más ultras, donde predominan la descalificación, el miedo y la lógica del enemigo.

Lo que el deporte me aporta frente a ese contexto es, ante todo, claridad mental y fortaleza emocional. Me ayuda a ordenar la cabeza, a no reaccionar desde la bronca inmediata y a sostener convicciones sin caer en la agresión. Entrenar es también un ejercicio de templanza: aprender que los procesos son largos, que los retrocesos existen y que la constancia es más transformadora que el arrebato.
En tiempos donde avanza una ola reaccionaria, clasista y denigrante, el deporte me recuerda que los cambios reales no se construyen desde el odio, sino desde la coherencia y la comunidad. Así como en una competencia nadie gana solo, en la vida pública tampoco hay transformaciones individuales: necesitamos redes, solidaridad y objetivos compartidos.
Mi activismo, entonces, no nace desde la confrontación vacía, sino desde una convicción profunda en ciertos valores: la dignidad, la igualdad y el respeto. Y el deporte es el espacio que me entrena —literal y simbólicamente— para sostener esos valores con firmeza, incluso cuando el clima social parece empujar en sentido contrario.
Rainbow: El deporte de élite suele ser un entorno de jerarquías muy estrictas. ¿Ha sido el taekwondo un refugio o un desafío extra a la hora de visibilizar tu identidad y tu compromiso político?
El Taekwondo ha sido mucho más que un deporte en mi vida; ha sido mi refugio. A lo largo de mi historia he tenido que atravesar experiencias muy duras: una migración que me obligó a empezar de cero, una enfermedad como el cáncer que puso a prueba mi fortaleza, momentos de pobreza absoluta, heridas profundas como el abuso, la soledad y el desafío de crecer en una familia disfuncional.
En medio de todo eso, el Taekwondo fue mi espacio de equilibrio. Allí encontré disciplina cuando todo parecía caos, respeto cuando me sentía quebrado, y resiliencia cuando la vida me exigía volver a levantarme. Fue el lugar donde pude transformar el dolor en fuerza, la incertidumbre en enfoque y el miedo en determinación.
Más que enseñarme a luchar, el Taekwondo me enseñó a resistir, a reconstruirme y a creer en mí incluso en los momentos más oscuros.
Rainbow: En diversos medios de comunicación se han publicado titulares afirmando que «el secretario LGTBI del PSOE de València pide prohibir los gays de derechas». ¿Qué es lo que realmente querías transmitir sobre la coherencia política dentro del colectivo? Como asesor y cargo político, ¿cómo gestionas que se utilicen frases tuyas para crear una narrativa de confrontación en lugar de debate de ideas?
Creo que estamos frente a una de las derechas ultras más agresivas y desacomplejadas de los últimos tiempos. No es una exageración retórica: es una constatación política y cultural. Son sectores capaces de instrumentalizar cualquier frase, de descontextualizar cualquier reflexión y de convertir el matiz en arma. Su estrategia no es debatir ideas, sino erosionar legitimidades. Por eso nuestra batalla no es solo electoral o institucional: es, sobre todo, cultural.
Cuando señalo esto, no lo hago desde el victimismo, sino desde la responsabilidad. Como personas LGTBI no podemos permitirnos el lujo de mirar hacia otro lado cuando los derechos están en cuestión a cambio de una falsa sensación de privilegio o aceptación. La historia nos ha enseñado que ningún derecho conquistado es irreversible, y que cada retroceso empieza normalizando discursos que parecían impensables.
Este es un debate profundo, incómodo incluso, porque toca fibras sensibles como la pertenencia, la identidad y la salud mental. Existe una necesidad humana de ser aceptados, de formar parte de algo. Pero debemos preguntarnos: ¿a qué precio? Hay espacios que no nos reconocen como iguales, que cuestionan nuestra dignidad, y aun así necesitan exhibirnos como coartada para legitimar sus retrocesos. Esa dinámica no es integración: es instrumentalización.
Los derechos del colectivo no estarían hoy en discusión si no hubiera una estrategia deliberada de dividirnos y utilizar voces LGTBI como aval simbólico para políticas que, en el fondo, erosionan nuestra propia protección. Eso no es diversidad ideológica; es funcionalidad política al servicio de quienes nunca han defendido nuestra igualdad.
A mí no me mueve el miedo. No tengo nada que perder cuando se trata de defender la dignidad y los derechos humanos, y sí mucho por lo que luchar. No voy a dedicar mi energía a amplificar ataques que buscan precisamente eso: distraer, desgastar, intimidar. Mi foco está en construir, en fortalecer conciencia y en recordar que la libertad no se negocia ni se mendiga. Se ejerce y se defiende.
Rainbow: ¿A qué atribuyes el alarmismo y la reacción tan virulenta de ciertos sectores y partidos de derecha ante tus planteamientos sobre los espacios del activismo?
Creo que su preocupación no es personal, es simbólica. Les inquieta que mi voz represente a esa parte humilde de la sociedad que rara vez tiene altavoz: un chico que viene de abajo, que no heredó poder ni privilegios, y que aun así ha logrado abrir un debate público sobre algo tan esencial como la ampliación de derechos y libertades para todos.
Lo que incomoda no es mi historia, sino lo que demuestra: que no hace falta pertenecer a las élites para cuestionar el orden establecido; que alguien de origen sencillo puede interpelar al poder y señalar sus contradicciones; que el discurso de la igualdad no es una consigna vacía, sino una experiencia vivida. Cuando quienes históricamente han sido invisibles toman la palabra y la convierten en conciencia colectiva, eso descoloca a quienes necesitan que todo siga igual.
Además, mi discurso no es de confrontación gratuita, sino de avance. Y precisamente por eso resulta incómodo: porque plantea que los derechos no son un juego de suma cero, que ampliar libertades no le quita nada a nadie, y que una sociedad más justa fortalece al conjunto. Frente a quienes viven de sembrar miedo o resentimiento, hablar de dignidad y progreso compartido desarma su narrativa.

Como decía antes, estamos ante una batalla cultural. Y no será puntual ni efímera. En las próximas elecciones —y probablemente en las que vendrán— veremos cómo la confrontación se intensifica, cómo el tono se vuelve más agresivo. Porque cuando no pueden refutar el fondo, atacan la forma; cuando no pueden frenar las ideas, intentan desacreditar a quien las pronuncia.
Por eso esta lucha no es solo política, es también una cuestión de supervivencia democrática. Se trata de decidir si retrocedemos hacia un modelo excluyente o avanzamos hacia uno donde nadie tenga que pedir permiso para existir con plenitud. Y ahí es donde seguiré estando: no desde el miedo, sino desde la convicción de que el progreso social siempre ha incomodado a quienes se benefician del estancamiento.
Rainbow: ¿Sientes que desde ciertos sectores políticos se intenta «tutelar» cómo debe ser un activista LGTBIQ+ para que resulte cómodo a sus intereses?
Hoy el término activista se ha convertido casi en un accesorio de campaña. Todo el mundo se lo coloca en la solapa cuando conviene. Incluso he escuchado a dirigentes del Partido Popular autodefinirse como activistas. Y sí, resulta irónico. Porque el activismo no es una etiqueta estética ni un recurso retórico: es asumir costes personales por defender derechos que incomodan al poder. No es lo mismo gestionar lo existente que desafiarlo.
Hemos banalizado tanto las palabras que cualquiera opina con rotundidad sobre realidades que no ha vivido ni estudiado. Y cuando todo es “activismo”, nada lo es. El activismo nace de la incomodidad, del conflicto con lo establecido, de señalar lo que muchos preferirían no mirar. Por eso molesta. Por eso se intenta domesticar.
Dentro de los partidos políticos existe una tentación constante: tutelar al activista, marcarle el perímetro, recordarle hasta dónde puede llegar. Convertirlo en portavoz dócil en lugar de conciencia crítica. Porque hay debates que incomodan, que alteran la agenda prevista, que obligan a revisar privilegios y estrategias.
Y en política, lo incómodo suele etiquetarse como “innecesario”.
Pero nosotros no hemos venido a ser cómodos. Hemos venido a cuestionarlo todo. A revisar incluso lo que creemos que hacemos bien. A empujar los límites, no a administrarlos. Si el activismo deja de incomodar, deja de transformar.
En materia LGTBI —como en tantas otras— las agendas no se escriben solas: las marcan las personas que están detrás de cada organización, su valentía o su miedo, su autonomía o su dependencia. Y yo no nací para ser un adorno ni una coartada. Soy rebelde. Y la rebeldía, cuando está al servicio de los derechos humanos, no es un problema: es una garantía democrática.
Nuestra ausencia no fue una traición al deporte ni a la diversidad. Fue un acto de coherencia política y de dignidad colectiva.
Rainbow: València es sede de los Gay Games 2026, pero las principales entidades LGTBI (como Lambda) se han retirado del comité organizador. ¿Cómo valoras, como deportista y político, que el tejido social dé la espalda al evento?
Perdona que te corrija, pero el tejido asociativo y el activismo LGTBI no le dimos la espalda a los Gay Games. Fueron los Gay Games quienes le dieron la espalda a la comunidad al asociarse de manera complaciente con la ultraderecha que gobierna en València.
Somos activistas. Hacemos activismo. Y bajo ningún concepto vamos a convertirnos en siervos de quienes históricamente han vulnerado nuestros derechos, han cuestionado nuestra dignidad y han alimentado discursos de odio contra nuestras vidas.
La alcaldesa de València, María José Catalá, ha llegado a comparar a las personas LGTBI con enfermedades como el ELA. Ante eso, ¿qué se supone que debíamos hacer? ¿Mirar hacia otro lado y aplaudir?
Si hay algo de lo que me siento profundamente orgulloso es del tejido asociativo español y de su activismo: independiente, combativo y coherente. No vamos a legitimar un ejercicio de pinkwashing descarado y obsceno mientras se blanquea a quienes atacan nuestros derechos.
Nuestra ausencia no fue una traición al deporte ni a la diversidad. Fue un acto de coherencia política y de dignidad colectiva.
Rainbow: Se habla de «pinkwashing» institucional. ¿Crees que es posible celebrar unos Gay Games con esencia reivindicativa bajo la gestión actual del Ayuntamiento y la Generalitat?
No lo creo. Habrá visibilidad, sí —porque llegarán muchos turistas: hombres, gays, blancos, con dinero, listos para disfrutar de playa, sol y paella con pulserita acreditativa—. Pero visibilidad no es lo mismo que transformación.
Dudo que de ahí surja algo histórico o realmente relevante. Los privilegios viajan en business, se alojan frente al mar y aplauden la diversidad siempre que no incomode demasiado el cóctel de la tarde. Se celebrará la inclusión mientras sea fotogénica, patrocinada y perfectamente programada entre competencia y competencia.
Lo verdaderamente interesante no estará en la ceremonia ni en las medallas, sino en lo que hagamos nosotres esos días. En cómo señalemos —con claridad y sin pedir permiso— que participar también es posicionarse. Que venir a celebrar derechos en un contexto de desigualdad sin cuestionarlo tiene un nombre: complicidad.
Si hay activismo, no será el que venga en el kit oficial del evento. Será el que incomode. El que recuerde que no todos los cuerpos viajan con los mismos privilegios, ni todas las disidencias caben en una foto patrocinada.
Rainbow: ¿Qué medidas concretas propone el PSPV para que València no pierda su prestigio como ciudad diversa y segura ante este clima de ruptura institucional?
En 2027 vamos a recuperar la luz, la dignidad y el orgullo para el colectivo LGTBI en València. Desde el PSPV lo tenemos claro: el primer paso es cambiar el gobierno que hoy nos gobierna desde el retroceso y la indiferencia. Necesitamos volver a poner las instituciones al servicio de los derechos, y eso lo vamos a conseguir el año que viene con Pilar Bernabé al frente.
Pilar Bernabé no solo es una persona comprometida, es una aliada firme del colectivo LGTBI, alguien que entiende que los derechos no se recortan, no se negocian y no se cuestionan. Con ella volverán la valentía política, la sensibilidad y la determinación para avanzar.
Y vamos a retomar, con más fuerza que nunca, todas las políticas que quedaron paralizadas en 2023. Vamos a impulsar educación en diversidad en las aulas para combatir el odio desde la raíz. Vamos a reforzar la visibilidad y la formación en todos los ámbitos, desde la administración hasta el tejido empresarial. Y vamos a garantizar recursos y acompañamiento real al tejido asociativo LGTBI, porque son las entidades quienes sostienen, acompañan y defienden cada día a nuestro colectivo.
No vamos a permitir ni un paso atrás. Frente al odio, más derechos. Frente al silencio, más orgullo. Frente al miedo, más comunidad.
En 2027 recuperamos el gobierno para devolver esperanza, igualdad y futuro al colectivo LGTBI.
Rainbow: El armario en el deporte masculino sigue siendo un muro difícil de derribar. ¿Qué le dirías a un joven atleta que hoy tiene miedo de que su visibilidad política o personal trunque su carrera deportiva?
Lo primero que le diría a un deportista joven es que no tenga miedo de pedir ayuda desde el principio. Contar con una red de apoyo sólida no solo protege la salud física y mental, sino que también fortalece el rendimiento deportivo. Porque detrás de cada atleta hay una persona completa, con emociones, desafíos y realidades que no siempre se ven en la pista o en la competición.
Pero más allá de los deportistas individuales, quiero dirigir un llamado a las federaciones: necesitamos empezar a hablar de todas las realidades que atraviesan quienes practican deporte. Somos personas antes que atletas, y nuestras diferencias —de género, cultura, orientación, capacidades o experiencias— merecen reconocimiento y respeto.
Desde la Federación de Taekwondo de la Comunidad Valenciana asumimos esta responsabilidad activamente. No dejamos de crear contenido formativo que proteja y promueva todas las diversidades. Actualmente estamos trabajando en un manual de formación en diversidad, que será obligatorio para todos los clubes y entrenadores de nuestra federación. Queremos que cada espacio deportivo sea un lugar seguro, inclusivo y consciente de que la verdadera fuerza no solo se mide en técnica o medallas, sino en respeto, equidad y cuidado mutuo.





