Parece que fue ayer cuando celebrábamos leyes que prometían blindar la dignidad de todes. Sin embargo, al despertar en este marzo de 2026, el panorama se siente un poco más gris. La visibilidad es un arma de doble filo: cuanto más nos ven, más nos señalan quienes temen a la diversidad.
Este año, el foco mediático se ha ensañado con el deporte. Es curioso, ¿verdad? El deporte, que debería ser ese espacio de superación, salud y comunidad, se ha convertido en el principal campo de batalla político. Hemos visto avances, claro. Hay federaciones que han intentado integrar, que han buscado soluciones basadas en la ciencia y la empatía. Pero también estamos viviendo una oleada de prohibiciones que huele a rancio, a armarios que creíamos haber quemado hace tiempo.
El deporte: El podio donde no cabemos todes
Cuando hablamos de personas trans en la competición, la conversación se suele embarrar rápido. Se habla de «ventajas biológicas» como si fueran verdades absolutas grabadas en piedra, ignorando que cada cuerpo es un universo. Lo que me duele, y te lo digo de corazón, es que bajo la bandera del «juego limpio» se esté expulsando a infancias, adolescencias y personas adultas de espacios que son vitales para su salud mental y social.
¿Qué mensaje les estamos mandando? Básicamente, que pueden ser quienes son, pero solo si se quedan en su casa. Que pueden existir, pero no ganar. Que su identidad es un «problema técnico» que las federaciones no saben —o no quieren— resolver. Hemos visto cómo normativas internacionales se han vuelto más restrictivas este último año, y eso tiene un efecto dominó que llega hasta el polideportivo de tu barrio. Si la élite excluye, la base se siente autorizada a señalar.
El discurso de odio: Cuando el ruido se vuelve peligro directo
No podemos hablar de deporte sin hablar de lo que pasa fuera de las pistas. El avance de los discursos de odio en este 2026 es algo que me quita el sueño. Ya no son solo cuatro perfiles anónimos en redes sociales; son discursos que se han institucionalizado.
La narrativa es siempre la misma: borrar la identidad trans para «proteger» otra cosa. A veces dicen que protegen a las mujeres cis, otras que protegen a la infancia… siempre hay una excusa para la exclusión. Pero la realidad es que ese ruido constante tiene consecuencias directas. Minerva, nuestra experta en datos, me pasaba el otro día unas cifras que asustan: las agresiones físicas a personas del colectivo LGTBIQ+ han repuntado, y las personas trans siguen siendo el blanco principal.
Es agotador tener que explicar cada día que existir no es un ataque contra nadie. Que una mujer trans gane una carrera no borra los derechos de las demás mujeres. ¿Por qué nos cuesta tanto entender que los derechos humanos no son un pastel que se acaba si se reparte entre más gente?

¿Realmente tenemos todas las respuestas?
Aquí es donde me detengo y te miro a los ojos (a través de la pantalla, ya me entiendes). A veces me preguntan cuál es la solución definitiva para que el deporte sea 100% justo y 100% inclusivo, y la verdad es que no lo sé. No tengo una fórmula mágica. ¿Es posible que necesitemos nuevas categorías? ¿O quizá repensar el deporte desde cero, menos basado en el binarismo y más en las capacidades reales? Son preguntas que me hago cada noche. No tenemos todas las respuestas, y quizá reconocerlo sea el primer paso para dejar de pelear y empezar a construir. Lo que sí sé es que la solución nunca puede ser la humillación o el borrado de una persona.
La «España Vaciada» y la memoria que nos sostiene
No quiero terminar este artículo sin mirar más allá de las grandes ciudades. En Revista Rainbow estamos muy volcades con la situación en la España Vaciada. Si ser trans en Madrid o Barcelona ya es un acto de valentía, imagínate serlo en un pueblo de 200 habitantes donde todos se conocen. Allí, la visibilidad no es una opción, es una exposición constante.
Estamos trabajando en un reportaje sobre cómo la falta de referentes y de servicios de salud especializados está empujando a muchas personas jóvenes a un exilio interior. Y es ahí donde la memoria histórica cobra sentido. Recordar casos como el de Tefía no es solo mirar al pasado por nostalgia; es recordar que los derechos que hoy disfrutamos —y que hoy nos quieren recortar— costaron sangre, sudor y muchas lágrimas de quienes nos precedieron.
Hacia una visibilidad que cure
Hoy, 31 de marzo, verás muchas banderas en los ayuntamientos (en los que aún las permitan) y muchos posts bonitos en Instagram. Pero la visibilidad de verdad es la que ocurre el 1 de abril, el 2 de mayo y cada lunes por la mañana.
La visibilidad que necesitamos es la que permite que un chico trans juegue al fútbol con sus amigos sin que nadie pida su partida de nacimiento. La que permite que una mujer trans vaya a su puesto de trabajo sin ser «la anécdota» de la oficina, ni el chiste en la maquina de café. La que nos permite a todes, como parte de la comunidad LGTBIQ+, caminar por la calle sin girar la cabeza ante un ruido fuerte.
¿Qué podemos hacer? Escuchar más. Leer más a quienes viven estas realidades en primera persona. Y, sobre todo, no callarnos cuando veamos una injusticia, por pequeña que sea. Queride aliade, si el chiste no lo paras, estas participando de él.
¿Crees que estamos preparades como sociedad para un deporte que no segregue por género, o estamos aún muy lejos de ese ideal? Me encantaría saber qué piensas.
Hoy celebramos la vida trans. Celebramos la resistencia. Pero, sobre todo, celebramos que, a pesar de todo el ruido y el odio, seguimos aquí, visibles y más fuertes que nunca.
Nos vemos en las calles.




