Ayer vi La bola negra y me quedé pensando en todas las personas que tuvieron que esconderse para sobrevivir. En quienes amaron en silencio, fingieron ser quienes no eran y se llevaron a la tumba historias que nunca pudieron contar. Porque la persecución no solo consiste en quitarte la libertad. También consiste en convencerte de que debes esconderte para merecer vivir.
La película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, conectada con el universo de Federico García Lorca, nos enfrenta a una memoria que durante demasiado tiempo se quiso enterrar: la de quienes fueron señalados, perseguidos y silenciados por amar de una manera que la sociedad no estaba dispuesta a aceptar. Y esa memoria no es cosa del pasado. Nos interpela hoy, cuando hay quienes pretenden blanquear la represión, cuestionar los derechos conquistados y convertir la diversidad en un problema.

Los derechos LGTBI no fueron un regalo. Se conquistaron gracias a quienes se rebelaron, a quienes salieron a la calle y a quienes se negaron a vivir de rodillas. Por eso, recordar no es un ejercicio de nostalgia: es una forma de resistencia y una obligación democrática. No quiero que las próximas generaciones hereden nuestro miedo. Quiero que hereden nuestra valentía. Que puedan amar sin pedir permiso, vivir sin esconderse y construir su futuro sin tener que defender constantemente su derecho a existir.
A quienes nos precedieron les debemos memoria. A quienes estamos aquí, compromiso. Y a quienes vendrán, una sociedad en la que nadie vuelva a ser perseguido por ser quien es. Porque podrán intentar silenciarnos, borrar nuestros nombres y esconder nuestra historia. Pero no podrán arrebatarnos lo que somos ni todo lo que hemos conquistado.

Ni el amor. Ni la dignidad. Ni la memoria. Ni la libertad.
Jamás seremos borrados.
Y que nadie olvide nunca que el verdadero fracaso de una sociedad no es que existan personas diferentes, sino que haya personas obligadas a esconderse para poder vivir.
Que nunca más nadie tenga que esconder quién es ni a quién ama.




